Atreverse a hablar

Esta es una tradución libre de la carta de Daniel Patterson publicada en MADfeed.co, una carta que considero, cualquiera en la industria o con conocidos de ella deben leer.

Daniel Patterson es un chef que ha sido reconocido porFood & Wine Magazine, 1997[1]; San Francisco Chronicle, 1997[1]; James Beard Foundation, 2001[1] 2009 y 2010[1]; San Francisco Magazine, 2007[1]

Atreverse a Hablar

Quiero decir, ¿cuantos chefs crees que están deprimidos de todos modos? ¿Tal vez 95%?

Estaba  en un bar, hablando tarde con un chef amigo. Estábamos tomando y hablando sobre depresión.

Siempre he tenido altibajos. Algunos días son más duros que otros, así como unos años son más duros que otros. Pensé que era más o menos normal como consecuencia de un carácter defectuoso. Algo que debía aceptar, soportar, sobrevivir. Nunca consideré medicarme porque pensé que yo no era de “esa gente”.

Luego algo cambió. En vez de rebotar al lugar dónde empecé comencé a decaer cada vez más y comencé a preocuparme de verdad. Sentí como que mi sangre hubiera sido drenada del cuerpo y sustituida con plomo. Me convertí en a penas funcional, incluso las conversaciones más sencillas requerían mucha energía. Un día descubrí que mi creatividad se había agotado, era inaccesible para mi y, en ese momento me asusté lo suficiente como para tener que hacer algo al respecto. Podía aceptar vivir sin muchas cosas pero no eso, así que llamé al doctor para hacer una cita.

La visita al doctor fue ligeramente surreal. Le dije que estaba deprimido y que necesitaba ser tratado. Me dejaron con un enfermero que me preguntó si me quería suicidar; le dije que no, que eso requería demasiado esfuerzo. Me miró raro y me ofreció Prozac (efectos secundarios: lentitud y inhibidor de apetito sexual) o Wellbutin (efectos secundarios: poco acelerado y enfocado ), como si aquello fuera acaso una elección para un chef. Me recetó, me dijo que tomara menos café y que eso era todo.

Todo esto pasó dos días antes. Todavía estaba absorbido por las olas de ansiedad y pánico que me incentivaron a usar la droga antes de que empezaran a surtir efecto. Necesitaba confiar en alguien así que le conté a un viejo amigo y me sorprendió su respuesta.

“Comencé a medicarme hace 15 años” me dijo. “Voy a terapia una vez por semana, la misma persona por años. Y debo decirte, no puedes sólo tomar drogas; encuentra a alguien a quién hablar. Debes comenzar terapia o las drogas no importarán.”

En treinta años de cocinar, esta fue la primera conversación que tuve sobre enfermedades mentales. No un “Eso es una locura” o “estás loco” (cuando prueban algo o toman una mala decisión) sino una conversación honesta y directa sobre que significa estár deprimido clínicamente.

Imagina lo peor que cualquiera le pueda decir a otra persona. Ahora imagina eso cien veces peor. Imagina tener esa voz en tu cabeza repitiéndolo cada segundo de tu vida. Imagina que esa voz es alguien en quién confías. Imagina que eres tú.

Eso es lo que escuche dia y noche por la mayoría de mi vida. Cocinar – compulsivamente prara excluir todo lo demás – era una forma de esconderme. Cuando comencé a cocinar, las cocinas eran ambientes que aceptaban, hasta cierto punto incentivaban, un comportamiento errado. El temperamento, los berrinches, los hábitos compulsivos del trabajo eran percibidos como símbolo de de dedicación profesional. Mis esfuerzos eran premiados noche tras noche con invitados felices. Até mi felicidad firmememente al éxito, así no tenía que tomar responsabilidad por el vacío que cree en mi sentido de valor propio. Descubrí que cocinar era un lenguaje no verbal que hablaba con fluidez donde podía comunicarme de manera abierta, cariñosa y vulnerable desde la segura y distante cocina sin tener que interactuar con gente real.

My experiencia es difícilmente única. La realidad es que encontrarás muy pocos cocineros equilibrados. La profesión culinaria tiene uno de los más grandes ratios de enfermedad mental y sus trabajadores están propensos a la depresión. La depresión está altamente vinculada con el estrés, bajos salarios, agotamiento y ambientes hostiles de trabajo; características que los restaurantes tienen en cantidades amplias. La gente puede venir a nosotros dañadas, pero las condiciones suelen intensificar el problema, así como poner trabajadores en proximidad cercana con alcohol y drogas. Somos una industria construida en alimentar y cuidar a la gente pero es usual que no podemos cuidar de nosotros mismos.

El hecho que o podamos hablar de depresión sin ser juzgados incrementa los efectos. Podemos tener simpatía por alguien con cáncer, pero con una enfermedad mental incita sentimientos de repulsión y burla. Algunos de los videos desgarradores de abuso policial relacionado con raza y enfermedad mental que andan en internet muestran cuan profundo es el sesgo que existe. La enfermedad mental está conectada a la moral y el carácter de alguna u otra forma que las otras enfermedades no lo están.

Estos es particularmente cierto en restaurantes. Para los chefs – la gente que trabaja entre quemadas, cortadas y enfermedad – hablar de enfermedad mental es un tabú, un signo de debilidad. No buscamos ayuda cuando lo necesitamos, lo que causa décadas o una vida de miseria innecesaria. De eso estoy seguro.

¨Pero eso no es lo que me pasó a mí. Mientras más tiempo estuve medicado más caí en la depresión. El demonio con el que viví toda mi vida seguía presente pero era cómo si estuviera detrás de un vidrio y no pudiera alcanzarme. Podía ver su boca moverse pero no podía escuchar sus palabras.

Las drogas no me “arreglaron”. Aún tengo días buenos y malos. Aún sigo roto de alguna forma que no entiendo. Pero me han permitido espacio para empezar a explorar el terreno interno que he estado evitando. Me hizo más paciente, menos emocional y mucho más enfocado y eficiente. Soy mejor padre, esposo, jefe y amigo. Aún mantengo la pasión de lo que hago, igual de imperfecta e igual de humana. Enfrentar mi condición y hacer algo al respecto me ha dado la confianza de tomar mejores decisiones en mi vida y mi trabajo y no he perdido, como siempre temí, perder mi impulso.

Toda mi vida creí que la mitología de la creatividad estaba vinculada con locura y pensé “si me vuelvo más normal en mi modo perderé la parte de mí que más necesito”. La creatividad no está llena de cosas completamente controlables, la fuente es obscura. Está en ti pero no es de tiya y la idea de que dejará de fluir en mí era tan aterradora que me mantuvo en un estado dócil y miserable por muchos años.

Mi amigo y yo hablamos por horas esa noche. Principalmente escuché, fascinado, a alguien tan exitoso que pareciera tan cuerdo y confiado, hablando sobre el secreto que compartimos que yo oculté por tantos años.

“Pero”, dijo él, pidiéndole al mesero otra ronda “no le digas a nadie. Tu equipo no necesita saber esa mierda. Guárdala para ti”

Mi amigo es de las personas más inteligentes que conozco, pero en ese punto estoy en desacuerdo. Yo creo que lo mejor que puedo hacer es hablarlo. Decirle a mis hermanos y hermanas que trabajan frente al fuego y al frente de la casa lo que desearía que me hubieran dicho hace tiempo, que es momento de dejar de pretender que todos estamos bien. Algunos lo están y ellos son los afortunados. Pero aquellos que sufrimos, día a día, yo diría esto:

  • Si te quiebras el tobillo, no te mantendrás corriendo como si no pasara nada. Irás al doctor y lo tratarías. La enfermedad mental, puedas verla o no, es tan real, tan debilitante y tan común como ello. No puedes sólo sacudirla, debes hacer algo al respecto.

Y, ¿qué va a pasar si digo públicamente que tengo un cerebro chiflado e hice algo al respecto? ¿Dejarán de comer en mi restaurante? ¿Mis amigos dejarán de hablarme? ¿Mis empleados renunciarán?

Yo podré estar equivocado pero no lo creo. Supongo que lo sabremos porque no le dije a nadie que escribiría esta carta. No a mi familia, ni a mis amigos, ni a mis empleados. Porque yo sé exactamente lo que ellos dirían

“¿Estás loco?”

Un recurso online para gente de la industria es CHEFS WITH ISSUES: For the care and feeding of the people who feed us, creada por la editora y una conferencista de MAD Kat Kinsman.

 

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