No todo es tan bonito como parece

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El trabajo de un cocinero implica muchas cosas y si quieres realmente aprender debes empezar desde abajo. Es una profesión que hasta el día de hoy funciona en una relación de tutelaje y, si quieres ser el mejor, tu tutor deberá serlo.

La cocina trata de la comida de principio a fin, conocer los productos, su origen e incluso sus propiedades físicas y químicas, además de la tradición como una base fundamental y, a partir de ahí la creatividad.

Para avanzar se requiere amor al arte, sacrificio constante, paciencia y dedicación. Además, entrega a lo que quieres hacer, curiosidad intelectual honesta y generosidad para compartir lo que sabes, virtud que lamentablemente no todos poseen.

Trabajar en un restaurante implica tareas menos glamurosas de las que los medios te venden, la limpieza de la cocina a la una de la mañana, los horarios de quince horas, la lucha con proveedores, el trabajo con animales muertos, los residuos orgánicos y la misma elección de tus productos que, termina convirtiéndote en una forma diferente de agricultor (y seamos honestos, no muchos sueñan con ser agricultores).

Al comenzar a trabajar, la idea de ir a un restaurante de tres estrellas pasa de ser una meta a un simple tramo del camino y olvidas lo que eran nervios porque toda esa entrega requiere eventualmente un resultado, un logro personal que no dependa de nada más que de la pasión hacia lo que haces.

El trabajo duro te hace menos amable ante actitudes mediocres y estas pasan a ser ofensa personal. Los sueños se encasillan en tu cocina y el momento dónde estás. Si alguien desertó piensas que te han abandonado y hasta el menos experimentado es valioso si supera esa etapa de negación y ese punto de quiebre, el momento de crecimiento personal.

Apenas empezando ésta experiencia he abierto los ojos un poco más. Salir hacia un espacio desconocido y comenzar a trabajar sin “estar listo”, sin tener un conocimiento relevante para la situación, lejos de casa y sin un espacio “safe” me han recordado un par de frases que se repiten cada dos minutos en mi cabeza:

“la santificación en el trabajo”, concepto de San José María Escribá, resalta la importancia de valorar lo que estás haciendo y ser capaz de ofrecerlo. Aunque no soy precisamente creyente, la teoría del Opus Dei la considero valiosa por lo que te hace profundizar tu profesión como objeto divino y cada tarea que hagas se convierte en algo más que una tarea.

“El aquí y el ahora”, parte crucial de cualquier filosofía yogi que te enseña a enfocarte. Enfocarte en lo que estás viviendo y lo que te rodea en el presente. Herramienta de aceptación personal, de tus capacidades o incapacidades. Cuestionar qué quieres, quién eres y dónde estás, son preguntas presentes que necesitan una respuesta.

Sin valorar las tareas insignificantes o desagradables la perfección es imposible. Sin el enfoque del presente avanzar es soñador. Sin sacrificio y entrega la vida es fatua.

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